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martes, 22 de agosto de 2017

NOCHES DE VIDA

NOCHES DE VIDA


Se había acercado a ella susurrando su nombre, como un tenue soplo de aire fresco. Durante mucho tiempo la busco, y esquivando su nombre, sus caricias y aprensiones, volvió a sus brazos como un venado herido. Goteando amor, derramando la esencia de la vida que decaía entre sus húmedas mejillas, cual lluvia de meteoros incandescente arreciaba desde el cielo. 

Nadie contrapuso la pureza de lo que ambos conformaban, tan solo eran seres más allá de toda comprensión. Como en una entelequia irredimible, puestos allí por lo que nadie asimilaba, comprendía o meramente, atinaba a prever. No eran mimos lo que su cuerpo reclamaba, ojala. Decía. Una y otra vez, a medida que los demás postergaban lo que otros a duras penas sorprendían entre esquinas. 

La misma indecencia que arrimo a su cuerpo la noche del suceso, eran manos subyacentes bajo las sabanas. Arrastrados al mundo de placer, el deseo ardiente de dos seres que no sorprendían a nadie. El beso, arrancado del infierno, la piel húmeda por la intrínseca sed de amor incondicional. No eran ellos, era el. Era ella, Eran dos, sin ser más de uno. Labios rotos, dedos quebrados, ansias de volar entre dos cuerpos unidos en un mismo destino. Nadie volvía, ellos mismos manaban por doquier, bebían de la fuente del otro, atrasando el final hasta que la bomba explotase en una nube de polvo artificial. Que poder, cuanto y tanto, entre tan poco.

Fueron dos durante toda la noche, uniéndose en uno. Buscando el camino. Tocando sus cuerpos, bebiéndose, Amándose. 

jueves, 11 de mayo de 2017

Mama! hay un monstruo bajo de mi cama, Andres River.

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CAPITULO I
Era una calurosa noche de agosto. Peter se había mudado con su familia a una vieja casa, a las afueras de la ciudad. No era la típica mansión encantada...De esas que dan miedo y a la mañana siguiente apareces con un cuchillo clavado en la espalda. Era una casa, eso sí, enormemente enorme. 
No había ningún rumor sobre ella. Y eso era raro, porque los ancianos siempre sacaban historias inciertas de cosas que después no eran verdad. 
No es que fueran mala gente, o pretendiesen meterles miedo. Quizás es que...Querían meter algo de emoción a los nuevos vecinos...Para agrandar la población...El turismo o...Quién sabe.   
Esa noche, hacía un calor horroroso. Pero, a pesar de eso, el pequeño Peter se tapó con todas las mantas que encontró. 
La casa le aterrorizaba. Le parecía que, en cualquier momento, alguien abriría la puerta de su cuarto, sacaría sus fríos y largos dedos, y lo estrangularía sin piedad.       
La vieja mansión estaba hecha de madera. Y a menudo emitía crujidos que daban grima, y acojonaban mucho.     
El sudor recorría todo el cuerpo de Peter y ya empezaba a asfixiar ahí debajo. 
Eso indicaba que tenía que sacar la cabeza, ahí, al vacío, donde unas manos rígidas y gélidas lo podrían tocar, o unos ojos negros y profundos lo podrían estar mirando sin quitarle ojo.  
Peter se llenó de valor y sacó la cabeza; estuvo un, dos, tres y cuatro segundos. No pasaba nada. Así que se quedó más tranquilo.  
Otro crujido resonó por toda la casa. Peter se escondía como un conejo que corre a su madriguera.     
La boca se le resecaba lentamente.                                                                             -¡Valla!, me tengo que levantar...No..., no...-Pensaba.                                                 En un momento, se levantó y corrió hacia la puerta. 
El enorme pasillo de por lo menos 2 metros y medio que daba a la cocina de hacía burla. Como si le dijese: -Ven aquí...ven aquí y te atraparé.   
Peter no quería correr. Encendió su candelero y caminó lentamente contemplando los cuadros antiguos colgados de la pared, que le seguían con los ojos. Él pensaba que eso indicaba que en la cocina le esperaba una sorpresita. Tragó saliva y siguió caminando. Hasta que por fin llegó. Alumbró la cocina con su pequeña vela que se consumía lentamente. Tomó un vaso y cogió un poco de agua de una pila. Después de eso, el sudor desapareció, y la paz y la tranquilidad volvieron a dejarse ver.     
Ya con menor miedo, el pequeño volvió a su cuarto, apagó la vela e intentó dormise.    
De repente, desde debajo de su cama, le despertaron unos golpes que parecían dados con los nudillos. Como quien llama a una puerta.   

El miedo volvió a abrazar al pequeño. Pero este, valiente, aproximó la cabeza lentamente para ver lo que estaba tocando bajo su cama...